Un día de clase normal
“¡Bip bip bip, bip, bip, bip! Suena el despertador. Son las 7. Me levanto, aunque me cueste. Me visto como puedo estando sentada y bajo a la cocina como puedo y con ayuda. Como para tomarme las pastillas, pero hambre no tengo. Mi madre me ayuda a subir al coche y pone la silla de ruedas en el maletero. Cojo mi mochila y un cojín.
Son 30 minutos para llegar al instituto. Maldigo a todos los baches que hay en la carretera, a todos los resaltos de reducción de velocidad que acaban de instalar (aún los sigo maldiciendo hoy en día).
Cuando llegamos al instituto mi madre me ayuda a ponerme en la silla de ruedas y mis compañeros me recogen a la puerta. En algunos tramos puedo mover la silla sola. Me gusta sentirme útil. Pero en otros necesito ayuda, ya que las cuestas son demasiado inclinadas para llegar a nuestro edificio.
Entramos al edificio donde tenemos clase a las 8. La profesora ya nos espera en la escalera para ayudarnos. Mis compañeros cogen la silla y la profesora me ayuda a levantarme. Me sujeto a la barandilla y la profesora me agarra para tener otro apoyo. Como podemos subimos los dos tramos de escalera. Mis amigos ya están arriba con la silla.
El truco es que la persona que te ayude a subir sea más o menos de tu altura y que tenga fuerza para sujetarte. Así es como si estuvieras subiendo con dos muletas, pero no haces tanta fuerza con la espalda que era lo que empeoraba mi dolor.
Habíamos pedido una esterilla de yoga a mi profesora de educación física. Como no podía estar sentada más de unos minutos, habíamos pensado que lo mejor era hacer las clases de tumbada. Pero para evitar el frío del suelo, era mejor poner algo. Pero claro, pasar 8 horas en el suelo solo con una esterilla no era muy cómodo. Por eso me llevaba un cojín. Lo ponía en mi pecho y así podía seguir escribiendo lo que el profesor explicaba.Repetimos el proceso de moverme las veces que tenemos que cambiar de edificio o de clase.
A las 3 mi madre me recoge de la puerta y nos vamos a casa de la abuela. Por la tarde me toca fisioterapeuta que es donde estudio, porque paso prácticamente toda la tarde. El fisioterapeuta me comenta que nota que tengo un bulto en el glúteo y que va a intentar moverlo. Acabo la sesión llorando, pero le digo que haga lo que tenga que hacer, porque los médicos no encuentran nada de momento. Que si cree que va a mejorar con lo que me haga, adelante.
Por la noche, estudio un poco más en la cama, porque quiero seguir aprobando. Pero me cuesta, porque sigue rondándome por la cabeza las preguntas que me crearon en el último ingreso. Aún no he ido a ninguna cita programada, pero creo que me estoy volviendo loca. El monotema es siempre el mismo en mi entorno: si es real o no.
Menos mal que de momento los profesores me creen. Creo que es porque ven mi cara de sufrimiento y pasan tiempo conmigo. Y en parte es cierto lo que le dicen a mi madre: ¿creéis que sería mentira si la niña pasa 8 horas tumbada de barriga con cara de dolor y en muchas clases se retuerce? Ojalá los que dudan de mi vengan a clase un día conmigo.
Hay días mejores que otros. La clase siempre intenta distraerme y me hace reír todo lo que pueden.
Intento dormir como puedo, pero no lo consigo del todo por el dolor.
¡Bip bip bip, bip, bip, bip! Ya vuelve a sonar la alarma… A por otro día…”
Realmente fue una buena época dentro de lo doloroso que fue. Por primera vez tuve unos amigos que no daban importancia a mi situación, que realmente me querían por como era. Y lo más importante, estaban en las buenas y en las malas.
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| "Durante nuestros momentos más oscuros debemos centrarnos en ver la luz" Aristóteles Onassis |

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